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Kateryna, la primera ucraniana que llega a Córdoba huyendo de la guerra

16/03/2022

Abandonó Ucrania para huir de la guerra y pasó por cuatro países antes de arribar a la Argentina. A los 43 años dejó atrás sus pertenencias y buena parte de su vida.

“Todavía tengo miedo. Tuve que dejar lo que tenía para escaparme, para huir de la guerra. Cuando perdés todo, es grande la incertidumbre”.

De esta manera intenta explicar Kateryna Gorokhova (43) lo que siente al haber abandonado su Ucrania natal, después de la invasión de las tropas rusas, el pasado 24 de febrero.

Es que resulta difícil de asimilar cómo en cuestión de horas se deja de ser la persona que se era para ser parte del impresionante éxodo de almas que huyen de un conflicto bélico a las puertas de la Unión Europea.

Kateryna es la primera ucraniana que llega a Córdoba en estas circunstancias, después de peregrinar por cuatro países durante 11 días para finalmente aterrizar en Ezeiza el pasado 6 de marzo, con lo puesto, sin compañía y desorientada sobre los pasos por seguir para pedir refugio y consuelo. Por suerte allí la esperaba Jorge Culjak, un amigo que vive en las sierras de Córdoba, quien movió cielo y tierra para acompañarla en los trámites migratorios.

El jueves asistirán, junto con funcionarias del área de Atención Integral de las Mujeres Migrantes del Ministerio de la Mujer de la Provincia, a la delegación local de la Dirección Nacional de Migraciones para gestionar la residencia humanitaria en la Argentina.

ANTES DE LAS BOMBAS

Hasta que estalló la guerra y su mundo se quebró, Kateryna, divorciada, vivía sola en Jersón, una ciudad comercial, doblemente portuaria, al sur de Ucrania, con alrededor de 340 mil habitantes sobre el mar Negro, a 250 kilómetros de la península de Crimea que Rusia anexó a su territorio en 2014.

Gorokhova trabajaba como diseñadora de interiores freelance; hoy, integra la lista de más de 2,8 millones de personas que escapaban de las bombas en Europa.

 Kateryna Gorokhova, con la sierras de Córdoba de fondo.
Kateryna Gorokhova, con la sierras de Córdoba de fondo.

“Abandoné Ucrania el 24 de febrero, cuando comenzó la guerra. Tenía pensado venir a Argentina a estudiar el idioma antes, pero la guerra cambió los planes. Dejé todas mis pertenencias y huí”, cuenta Kateryna, en estado de shock, convulsionada y confundida.

Aquel día, ¡cómo olvidarlo!, se despertó a las 6 de la mañana con el llamado de una amiga de la ciudad de Mikolaiv, a una hora de su casa. Le dijo: “Estalló la guerra, hay que irse”.

Recogió el pasaporte, un pequeño bolso con ropa, y, sin poder comunicarse con su madre ni con su hermano, salió a la estación de tren a buscar una vía de escape. Pero todo estaba cerrado y ya se escuchaba el aterrador sonido de los bombardeos que se iniciaron en simultáneo en varias ciudades.

“Tomé el auto y empecé a manejar”, dice. “Tuve que dejar el departamento con todas mis cosas. No sé cómo sacarlas, quisiera en el futuro volver a vivir ahí, pero no sé cómo pagar el alquiler porque no tengo dinero porque el banco congeló las cuentas”, relata.

UN LUGAR SEGURO

El primer destino fue hacia el norte del país, a la casa de sus amigos en Mikolaiv, que la habían alertado, y terminó de ultimar los detalles con Jorge, su contacto cordobés, para refugiarse en la Argentina. Lo único seguro era que debía llegar a Fráncfort, en Alemania, para tomar su vuelo a Buenos Aires, pero aún le quedaban cientos de kilómetros por recorrer, varios países, dos centros de acogida a migrantes y mil penurias.

“Jersón fue la primera ciudad que bombardearon. No hubo corredor humanitario. Nos quedamos sin agua, sin comida, sin electricidad, sin servicios médicos. El único corredor ofrecido fue en la ciudad de Mariúpol”, cuenta, mencionando la ciudad donde los rusos bombardearon la maternidad y cuyas tremendas imágenes recorrieron el mundo.

“Se suponía que podría pasar (el estallido de la guerra), pero nadie esperaba un ataque tan terrible. Empezó el bombardeo, gente muriendo, y de repente ¡bum!, explotaban las bombas en la ciudad, todo el mundo se asustaba, perdía su casa y los contactos con la familia”, recuerda.

 Kateryna Gorokhova, conversando con La Voz.
Kateryna Gorokhova, conversando con La Voz.

“Cuando intenté salir de Mikolaiv, el puente había sido destruido, veía caer los misiles y el ruido de las bombas todo el tiempo”, grafica.

En medio de la noche, con el país en estado de sitio y con el temor constante a la muerte, Kateryna continuó por rutas marcadas por las bombas en el asfalto e intentó ingresar por la frontera de Transnistria, un país no reconocido internacionalmente dentro de la República de Moldavia, pero los funcionarios de migración ucranianos le recomendaron que siguiera viaje.

“Estaba muy vulnerable porque tenía mucho miedo de viajar sola en la noche. Sabía que los mismos soldados ucranianos podían matarme por violar el estado de sitio, pero al final fueron amigables”, asegura.

Tomó rumbo al paso fronterizo Mogilev Podolsky, en el límite entre Moldavia y Ucrania, y 20 kilómetros antes de la frontera debió abandonar su auto y continuar a pie con su equipaje hasta el límite con el país vecino, también exmiembro de la URSS.

Allí le dieron albergue, alguna vestimenta y artículos de higiene en un centro cristiano de acogida de migrantes. Dos días después, se encontró durmiendo en un sitio similar en Rumania hasta que pudo viajar a Alemania para embarcar rumbo a la Argentina.

LOS COLORES DE LA BANDERA

Kateryna lleva en su hombro izquierdo una escarapela con los colores de la bandera de su país. Así recorrió los 600 kilómetros por el este europeo hasta su salida definitiva y fue el mejor “pasaporte” para la acogida humanitaria. “Todo el mundo me abrazaba y me ayudaba”, asegura. Está muy agradecida a quienes la asistieron en el camino.

En un perfecto inglés (también habla ruso), Kateryna asegura en su casa serrana temporal que siente un “un dolor muy grande”, difícil de explicar. “Toda mi gente y mi país están sufriendo. En estos momentos lo que hacen los rusos es criminal, matando a civiles”, dice. Recuerda los bombardeos en Aleppo (Siria), en Grozni (Georgia) y ahora en todo Ucrania, piensa que nunca nadie hizo nada. “La pregunta es: ¿quién va a ser el próximo?”, plantea.

Luego, al promediar la charla, pide dar un mensaje a los argentinos: “Los ucranianos somos gente de paz. Ucrania nunca tuvo intención de entrar en guerra con nadie. Es gente amistosa como es la de Argentina; gente buena”.

Hace siete días que está en Córdoba, intentando calmar las emociones y acomodándose al clima de un verano en retirada. “Me quiero encontrar a mí misma. Quiero estar en un lugar que sea amigable y seguro. Aprendí que toda mi vida puede caber en una pequeña valija”, sostiene. Y concluye: “Estoy estresada, nunca en mi vida he sentido algo como esto ni he vivido momentos de desesperación; sólo con la muerte de mi padre”.

Fuente: La Voz

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